Joseph Ratzinger: El Papa acorralado

“Después de un largo periodo de liderazgo dogmático – como el ejercido por Juan Pablo II – el sector eclesiástico más proclive a las reformas, deseaba el inicio de una etapa de deliberación en torno a temas considerados cruciales para el fortalecimiento de la Iglesia en el siglo XXI”, por Carlos Salas Lind.

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Me acuerdo muy bien del día en que Karol Wojtyla – Arzobispo de Cracovia – asumió como líder de la Iglesia Católica el año 1978. En mi pequeño pueblo, la figura de un Papa se elevaba por sobre todo lo terrenal, afirmándose que los sucesores de Pedro lograban comunicación directa con Dios. Todos esperábamos – con impaciencia – el cambio de color del humo que emanaba de la Capilla Sixtina, fenómeno  que confirmaba lo que ya intuíamos: el rol de lo divino en el proceso de nombramiento de un Pontífice.

Recuerdo – que el duelo por el deceso del papa Pablo VI – fue interrumpido por la repentina muerte de su sucesor, Juan Pablo I.  En apenas un mes de pontificado, se ahogaron las expectativas de un papado que había  logrado – incluso-  entusiasmar a los detractores de la Iglesia.

A pesar de la abrupta y lamentada partida del ‘Papa de la sonrisa’, Karol Wojtyla -  el cardenal polaco que había sobrevivido a las atrocidades de la guerra – impuso una historia cargada de fe y humanidad.  El atentado a su vida el año 1981 – y su lucha por las libertades civiles de pueblos bajo regímenes totalitarios – crearon un aura invulnerable de respeto  y admiración.

Pero con el decaimiento de la salud de Juan Pablo II,  se aceleró el proceso de cuestionamientos que la institución ha debido enfrentar con la persistente denuncia de delitos sexuales ocurridos al interior de la Iglesia.

La elección de Joseph Ratzinger – como nuevo Sumo Pontífice – no fue sorpresiva. Antes del fallecimiento de Juan Pablo II ya se especulaba – que el Cardenal Decano del Colegio Cardenalicio – era el favorito para suceder al carismático Papa polaco.

Considerado un teólogo conservador y de poco carisma, el nombramiento del cardenal alemán no fue recibido con entusiasmo por quienes sostienen que la Iglesia debe abrirse a un debate doctrinal.

Después de un largo periodo de liderazgo dogmático – como el ejercido por Juan Pablo II – el sector eclesiástico más proclive a las reformas, deseaba el inicio de una etapa de deliberación, en torno a temas considerados cruciales para el fortalecimiento de la Iglesia en el siglo XXI. Entre otros, el celibato y el discreto rol asignado a la mujer en las funciones eclesiásticas.

En un ambiente de sentimientos encontrados, Benedicto XVI tuvo que empezar su papado haciendo frente a historias – que ligaban sus primeros años de juventud – al movimiento nazista que inundó todas las esferas de su país natal durante la primera mitad del siglo XX.

Asimismo, y en más de una ocasión – desde que fue investido Papa el año 2005 – el Sumo Pontífice ha debido precisar algunos pasajes de sus intervenciones efectuadas en ceremonias públicas. Es así – que tanto representantes de comunidades musulmanas como judías – han solicitado explicaciones a la Santa Sede por alusiones papales que contendrían juicios ofensivos sobre ambas religiones.

Y con la mayor presión – ejercida por la oleada global de denuncias de abusos sexuales al interior de la Iglesia – colaboradores directos de Benedicto XVI han hecho descargos muy polémicos (como los expresados por el Cardenal Bertone en Chile), que solo han endurecido el veredicto de un creciente sector de la opinión pública.

No es descabellado afirmar que la Iglesia Católica – como institución – vive los momentos más difíciles de su historia. En una posición defensiva (y en momentos hasta poco reflexiva), lo terrenal amenaza con ensombrecer lo divino.

La institución – que ha perdurado durante 2.000 años – no parece encontrar las herramientas para sobreponerse de manera convincente a los desafíos que demandan sociedades más modernas y críticas. A de 5 años de iniciado su papado, Benedicto XVI arriesga a perder el aura que acompañó a Juan Pablo II durante todo su pontificado: el mismo aura que aisló – en vida – a muchos pontífices de un mundo abarrotado de errores (y horrores) humanos.

Pol. Internacional

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