Terremoto en Chile: ¿De vuelta al tercer mundo?

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“El repetido discurso progresista – en torno a la grotesca desigualdad en la distribución de los ingresos en Chile –  no habría bastado para impulsar una agenda social más ambiciosa y visionaria mientras se pudo” (por Carlos Salas Lind).

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El terremoto en Chile no solamente fue noticia por la intensidad, la desgracia y dramatismo de los testimonios, sino también por ser el único acontecimiento de importancia global el sábado 27 de febrero. Esto último contribuyó a que el nivel de exposición que alcanzaran los sucesos en Chile fuera impresionante.

A pocas horas de ocurrido el mega terremoto – y a pesar del drama humano que vivía gran parte de la población chilena – Chile aparecía frente al mundo como un país que resistía – estoicamente – una catástrofe excepcional.

¿Cómo era posible que una nación – aún en vías de desarrollo – pudiera demostrar ese nivel de fortaleza y preparación?

La respuesta solo podía entregarla una historia de 20 años – acentuada con la reinserción en la sociedad de las democracias y un performance económico envidiable en un continente marcado por la ineficiencia y luchas de poder.

Y ante la mirada de una comunidad internacional atónita y expectante, el gobierno de Chile recomendaba a los potenciales donantes del planeta, a quedarse en “sus casas”, a dejar su ayuda humanitaria en la despensa para evitarnos el doble trabajo de tener que recibir y distribuir aportes que no necesitábamos.

Todo indicaba que estábamos frente a un país que – silenciosamente- se había desarrollado a espaldas del mundo – que era capaz de ayudar y ayudarse al mismo tiempo, que la invitación a unirse al club de los grandes – dos meses antes – no había sido producto de una simpatía desmesurada, sino de un reconocimiento oportuno.

Pero la menor intensidad noticiosa – que normalmente caracteriza a un fin de semana – “se confabuló” con las imágenes que comenzaron a originarse – un día después – del obligado encuentro con una desgracia recurrente.

La impresión inicial comenzó a contradecirse con los testimonios de abandono y carencias que expresaban las víctimas de las zonas más afectadas. Hordas simbolizaban el comportamiento colectivo más representativo de la irrupción del caos. Los canales del mundo mostraban calles, ciudades y pueblos modestos – abarrotados de gente que ya tenía demasiado poco.

Al país desarrollado lo denunciaba la evidencia, la desorganización, la información incoherente y apurada por un sector de la clase política – que en un comienzo – parecía más preocupada de irse con la frente en alto (para dejar la puerta del retorno abierta), o de llegar como los grandes salvadores (y cerrar la misma puerta con llave).

Aunque sorprenda, lo real es que – independientemente del contexto – los sucesos que marcaron la elevación y caída de la imagen de Chile – en menos de 24 horas – podrían haber estado presente en cualquier país que hubiera sido azotado por una catástrofe como la vivida la última semana de febrero.

Nuestro problema radica – en buena parte – en el intento de posicionar una imagen con poco sustento, de débil contenido social en comparación con los recursos acumulados por un país que- durante las últimas dos décadas – ha experimentado altos índices de crecimiento económico.

Las entidades financieras internacionales afirman que Chile dispone de importantes recursos para iniciar un proceso de reconstrucción vigoroso. Se habla de ahorros cercanos a los 16.000 millones de dólares – correspondientes a los excedentes por el mayor precio del cobre – cantidad que representa alrededor de un 12% del Producto Interno Bruto.

Con estas cifras, el repetido discurso progresista – en torno a la grotesca desigualdad en la distribución de los ingresos en Chile – no habría bastado para impulsar una agenda social más ambiciosa y visionaria mientras se pudo. ¿Ese podría ser el llamado “a meditar sobre Chile” realizado por el ex -presidente Lagos hace unos días?

Curiosa comparación, si se toma el caso de Noruega – país que ha acumulado una gran cantidad de excedentes por el mayor precio del petróleo. A pesar de haber erradicado la pobreza hace ya bastante tiempo, y poseer – hoy – uno de los estándares de vida más altos del mundo, los ciudadanos noruegos participan activamente de la discusión en cuanto al uso que el Estado debería hacer de esos fondos. El principio es que esos recursos pertenecen a toda la sociedad, y todos – especialmente los menos privilegiados – deben percibir el mejoramiento de su condición personal y entorno.

Es decir, la tragedia de nuestro país también ha dejado en evidencia la disposición de recursos que habrían permitido abordar una serie de gravísimos problemas sociales en el país que conocimos hasta el 26 de febrero. Por lo menos, los más urgentes, los que más nos atan al tercer mundo del que no queremos (ni debemos) ser parte.

Y entre esas necesidades urgentes, también correspondería dotar al país de toda la instrumentalización y conocimiento especializado que contribuyan a salvar vidas; inversión – por cierto – ya realizada por naciones de menor actividad sísmica que la nuestra.

Política de Chile

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