¿Pinochet le pasará la cuenta a la Derecha?


“A menos que el aborrecimiento por la Concertación, entre los más nostálgicos, sea hoy tan visceral como para superar la humillación del desprecio y el olvido, un eventual triunfo presidencial de la derecha el 2009, se sostendría en un hilo muy delgado” (por Carlos Salas Lind).

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“No conozco a este señor……no me explico qué hace aquí!”.

Ésa habría sido la nerviosa reacción del timonel de la UDI, al constatar la presencia en el consejo general del partido, del nieto predilecto del otrora hombre fuerte y protector de los ideales más fundamentales de la derecha chilena.

Y para quienes buscaban aferrarse a la excusa de ignorar tanto parentesco, sus progenitores se preocuparon de recordarles con el nombre que esa estrategia era la más inútil de todas.

Augusto Pinochet III, aunque sin invitación oficial, intentaba acercarse a quienes, por mucho tiempo, no han disimulado el orgullo de haber sido protagonistas ideológicos de lo que la Derecha defiende como el gran proyecto transformador encabezado por su abuelo.

Entendible, hasta cierto punto, esta negación digna”de relato bíblico” que lanzó Larraín, si miramos de manera crítica el proceso de re-articulación que ha estado experimentando la política chilena, a partir de los pocos meses de iniciado el cuarto gobierno de la Concertación.

Hoy, a diferencia del deterioro del nivel de popularidad que experimentara la coalición de gobierno a fines de los años 90’ y comienzos del 2000, las señales de descontento ciudadano con Michelle Bachelet, ya no pueden atribuirse a un fenómeno puntual y económico, como el experimentado a partir de la crisis asiática hace casi 10 años.

Con una economía notablemente mejorada, el desgaste actual de la Concertación es mucho más difícil de superar, porque, a estas alturas, ya está unido a factores sociales y políticos que tienen un impacto mucho más profundo y duradero en el comportamiento electoral.

En este escenario tan complejo para la Concertación, el deseo de la derecha más conservadora de desmarcarse progresivamente de su rol protagónico en el régimen de Pinochet, buscaría justamente afianzar la imagen de alternativa más apetecible para la mayoría que no duda en condenar los graves atropellos a los derechos humanos de la época.

Sin embargo, todo curso estratégico (y pragmático) de convergencia hacia el centro, inevitablemente termina por desmoralizar y aislar a quienes no transigen con sus convicciones, ni mucho menos con la re-interpretación de la historia.
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La gran frustración que provoca, entre los más duros, la moderación y el continuo cuestionamiento del pasado, generalmente se manifiesta en una actitud de protesta y rebeldía que incluso lleva a la marginación de este segmento del proceso democrático; ya sea no inscribiéndose en los registros electorales, o si lo han hecho, evitando sufragar o anulando el voto (1).

Cabe tener en cuenta que el proceso de alejamiento de posiciones más duras, asumida hace ya bastante tiempo por los partidos que hoy conforman la Concertación, no ha ocurrido con la misma intensidad ni rapidez, entre muchos que han mantenido filas en la defensa del régimen de Pinochet.

El desmarque iniciado hoy por la UDI, no es, por lo tanto, un hecho menor. Especialmente, porque este partido había servido de refugio natural para quienes percibían el inicio de un “contubernio desleal” de los socios de RN con las posiciones concertacionistas.

Importante tener presente que en la última elección presidencial, no todos los que apoyaron a Lavín en la primera vuelta, entregaron su voto al candidato de RN en el segundo balotaje.
Por el contrario, entre un 5 y 15% de votantes del candidato de la UDI (según estimaciones de los analistas Eduardo Engel y Juan Pablo Moreno) prefirieron ver ganar a los adversarios por cuarta vez consecutiva, antes que votar por Piñera.

La re-articulación actual de la derecha más conservadora, se volvería entonces aún más interesante, si tomamos en cuenta que este proceso coincide, precisamente, con el resurgimiento de la figura de Pinochet, a través del anunciado interés de su familia en entrar a la política para defender su obra y memoria desde el propio parlamento.

A menos que el aborrecimiento por la Concertación, entre los más nostálgicos, sea hoy tan visceral como para superar la humillación del desprecio y el olvido, un eventual triunfo presidencial de la derecha el 2009, se sostendría en un hilo muy delgado.

Esta es mi impresión, porque a pesar del fuerte desgaste que está experimentando la Concertación, de todos modos, no imagino (ni sería lógico esperar) un triunfo holgado de la derecha en las próximas elecciones presidenciales.

Por el contrario, si el orden de cosas se mantiene en gran medida en la línea actual, imagino la elección presidencial del 2009 como la más estrecha, emocionante y tensa desde el retorno a la democracia.

En este escenario de competencia electoral tan intenso, naturalmente será una tarea monumental el poder cargar la balanza electoral a favor, cuando al mismo tiempo se ha iniciado un proceso de desvinculación histórico que pone a prueba (y de manera extrema) la vehemencia de quienes podrían ser determinantes para el resultado.
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  1. Aunque la izquierda extra-parlamentaria ha mantenido una actitud de protesta permanente frente al orden institucional que se inauguró con el retorno al régimen democrático a partir del año 1990, sólo en la última elección presidencial, se pudo constatar una actitud más confrontacional (pero mayoritariamente resistida) al llamar su candidato presidencial, Tomás Hirsch, a anular el voto en la segunda vuelta presidencial. De este modo, es igualmente interesante saber si los adherentes de la izquierda extra-parlamentaria, de no cumplirse una vez más, muchas de sus expectativas en el ámbito político y económico, castigarían también de forma más masiva y disciplinada a los futuros candidatos de la Concertación.

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Política de Chile

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