Oficina Salitrera Victoria: un fantasma de 30 años

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“El retorno a mi ciudad natal, Iquique, coincidió con los inciertos años de la juventud. No tenía tiempo, ni energía para solidarizar con los adultos que luchaban por acomodarse a una vida menos comunitaria y poco predecible” (por Carlos Salas Lind, publicado en Estrellaiquique.cl: enlace a columna con comentarios).

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La ex Oficina Victoria cerraba en los momentos en que mi adolescencia venía en camino. El 31 de diciembre de 1978, nos juntamos a celebrar el año nuevo un grupo de “adultos” – que ese año – acababa de terminar la enseñanza básica.

Mi casa – que nunca se recuperó totalmente de los daños causados por el terremoto de Noviembre de 1976 -  se aprestaba a recibir a familia y vecinos que se negaban a creer en un ultimátum disfrazado de rumor. Yo y mis amigos – atentos al descuido de los verdaderos adultos – tomábamos un trago de lo primero que veíamos sobre la mesa.

La conversación – entre mis padres y sus amistades – giraba alrededor de lo que parecía inevitable: un cierre que terminaba para siempre con una forma de vida. Nosotros hablábamos de nuestros propios temas “de grandes”, temas atrevidos y menos pesimistas.

Presentíamos que dejaríamos de ver esas calles polvorientas, mas no nos preocupaba. Intuíamos que la amistad – que jurábamos eterna – quizás no se sobrepondría a la separación y la distancia.

La gran diferencia -  entre quienes brindábamos a escondidas y los adultos ‘de verdad’ – eran las expectativas en torno a lo que venía. Más que preocupación era curiosidad lo que nos mantenía expectantes. Yo hablaba con mis amigos  del progreso y renovación que ya había significado mudarnos – desde un pueblo cercano y más pequeño como el ex campamento Alianza – ‘al centro de la modernidad’ en medio del desierto. Recuerdo, que tan pronto llegamos a Victoria, me dediqué a recorrer lo que, a todas luces, era una ciudad desarrollada.

La iluminación era más intensa, el comercio mejor presentado, casas y calles más amplias.  Para mí, la exclusiva tienda de electrodomésticos “Fontana”, a pasos de nuestro domicilio, era una señal inequívoca que en Victoria viviríamos mejor.

Recibimos una vivienda con baño, todo un lujo en un mundo en el que la necesidad obligaba a compartir lo privado. Nuestra nueva casa era tan grande que no hallábamos como distribuir las pocas cosas que llevábamos. La promesa de mejores tiempos me hizo olvidar a Alianza; llegando incluso a la autocrítica dura, renegando de una identidad.

“Con razón los victorianos nos llamaban los prehistóricos”, pensé sin cargo de conciencia. A las pocas horas comprobé, también, porque nosotros ‘retribuíamos’ ese ataque, llamándoles a nuestros rivales “los come cocho”.

Una nube de polvo muy fino e intenso, proveniente de las faenas, envolvía a toda la Oficina Victoria, tan pronto caía la noche. La visibilidad y la respiración, de quienes éramos atrapados en plena calle, se transformaban en un derecho básico inexistente. No lo conocíamos, ni nos importaba.

Era una vida que transcurría en una pampa generosa, pero intransigente. Un desierto extremo que iluminaba hasta enceguecernos durante el día pero que, en una par de horas, nos dejaba sumidos en la obscuridad y añorando un calor imperdonable. Ese sol salitrero – compañía irrenunciable en medio de tanto aislamiento – había sido testigo del efecto dominó que tumbó una oficina salitrera tras otra  en toda la región.

Los relatos que mis padres compartían, de su infancia y juventud, hablaban de mudanzas constantes para escapar de la suerte que arrinconaba a los trabajadores en una pampa que no conocía otro oficio. Tantos nombres de lugares que – a esas alturas – solo servían para designar restos de cimientos, despreciados por unos pocos que aprovechaban la oportunidad de lucrar con la desgracia de tantos.

La Ex Oficina Victoria no escapó a esa sentencia. Los primeros días de enero del año 1980, transportábamos nuestras pertenencias por calles iluminadas, pero vacías. Meses después, las historias denunciaban un saqueo que no respetaba siquiera el duelo de los que habían decidido quedarse.

El retorno a mi ciudad natal – Iquique – coincidió con los inciertos años de la juventud. No tenía tiempo ni energía para solidarizar con los adultos que luchaban por acomodarse a una vida menos comunitaria, y poco predecible. El año 1992, decidí volver – por primera vez – para poner a prueba la memoria. Desde ese día la pampa, con sus alegrías y tragedias, se ha transformado en un fantasma que se niega a abandonar los recuerdos.

Polí­tica de Iquique

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