Transparencia: los jóvenes saben más


chile, pingüinos

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“Entre tantas revelaciones, los jóvenes de hoy han constatado que vicios, como la ineficiencia a niveles absurdos y el abuso de la confianza ciudadana, no distinguen ideologías” (por Carlos Salas Lind).

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Aunque parezca contradictorio, el desinterés de tantos jóvenes por participar en el proceso político chileno, me recuerda a esos tiempos universitarios en los que soñábamos con el cambio.

Los jóvenes de aquella época andábamos pendientes de una u otra movilización para demostrar que éramos muchos más, los que anhelábamos el surgimiento de una sociedad tolerante e incluyente.

Tanta energía, tanta incondicionalidad y fe en líderes que se nutrían de nuestra osadía e idealismo. Después de dos décadas, las calles parecen estar vacías de las ilusiones que instigaban a ‘los creyentes’. Mucha agua ha pasado bajo el puente, y el sueño de una nación justa, de liderazgos íntegros y competentes se ha disipado entre tanto acomodo, oportunismo y desconcierto.

A estas alturas, la democracia ha revelado que la eficacia y la probidad no necesariamente la acompañan. Que el mérito y la vocación por el servicio público, demasiadas veces se contraponen con el personalismo, con el dominio obsesivo que ejercen los líderes de turno en su entorno.

Entre tantas revelaciones, los jóvenes de hoy han constatado que vicios, como la ineficiencia a niveles absurdos y el abuso de la confianza ciudadana, no distinguen ideologías. Y que el renovado compromiso de servir, y “no servirse de la gente como lo hace el adversario”, ha resultado ser más un slogan apresurado que una propuesta genuina.

Con la puesta en marcha de la ley de transparencia y el  acceso a la información de todos los órganos de la administración del estado, nuevamente ‘se trasluce’ la falta de sentido común y derroche que afecta al sector público.

Aunque la ley sólo obliga a entregar los datos sobre contratos que se firmen a partir del  20 de abril del presente año, lo poco que hemos visto retrata la injusticia social que ejercen muchos de sus declarados protectores.

Esta vez, el nefasto cuoteo político que el deslenguado ministro Vidal reconoce como normal en todos los ámbitos de la gestión de gobierno, quedó en evidencia con nombre, apellido, y un buen sueldo.

Como la palabra cuoteo es fea, todos se esmeran en condenarla, pero la costumbre de repartir cargos entre familiares, amigos y correligionarios ha sobrevivido hasta los ‘discursos más lindos’. Por lo menos, la nueva ley de acceso ciudadano a la información obligará a justificar de manera más elegante lo que, a todas luces, es grotesco.

En este orden de cosas, mucho indica que los jóvenes prefieren abstraerse a excusar lo indefendible, o a defender lo que ya no sirve. La juventud nos provoca con su menosprecio por las mismas recetas que han inspirado nuestras decisiones y juicios más reflexionados.

Poco podemos hacer para convencer a los jóvenes de que la siguiente será la vencida, y que los ganadores del próximo torneo de la democracia, sí cumplirán con la promesa de facilitar el anhelado viaje al desarrollo. Probablemente, los jóvenes perciben con más claridad, que son los liderazgos del presente, los que se confabulan con los vicios del pasado. Y se niegan a ser parte de esa historia.

Los mayores, en cambio, hemos sido parte de un proceso que, por lealtades poco cuestionadas o intolerancia injustificada, nos empuja a apostar a lo que percibimos como ‘menos dañino’.

Con esto, la aparente falta de compromiso de la juventud con el proceso político chileno, no debe entenderse como el abandono de las ganas de vivir en una sociedad más moderna e incluyente.

Al contrario, los jóvenes entienden mejor que muchos que la participación ciudadana no  puede ser impulsada con meras reformas a la institucionalidad vigente, sino con transformaciones ‘auténticamente revolucionarias’.

Y una de las primeras sería ‘transformar’ la forma de ejercer el poder, por parte de los afortunados que han logrado posicionarse entre tanta trivialidad y majadería.

Política de Chile

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