Terrorismo en Noruega: Cuando la inmigración y la diversidad se enfrentan al odio extremo

“A pesar de la gran presión – que ejerce el tema de la inmigración en prácticamente toda Europa – los noruegos se han mostrado más reticentes a aceptar el avance de la intolerancia”, Carlos Salas Lind.

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En general, los escandinavos – al igual que los asiáticos – se caracterizan por ser pocos expresivos y reservados. No obstante, el atentado a la sede del gobierno noruego – y la posterior masacre de decenas de jóvenes militantes del partido de gobierno – han marcado una excepción a esta herencia cultural.

Sorprendidos por el gran número de bajas – especialmente cerca de un centenar de niños y jóvenes partidistas que se aprestaban a practicar el mismo ritual realizado por la generación gobernante en sus comienzos – ha dejado en estado de gran conmoción a toda la región escandinava.

Entendible, porque el nivel de desarrollo y paz social que se vive en esta parte del mundo, representa un enclave dentro de un orden mundial en el que la desigualdad e inseguridad, parecen haber abatido las prometidas virtudes de la democracia.

Mucho indica que el único detenido sería un extremista de derecha que habría actuado por iniciativa propia. Cansado de observar – como la sociedad noruega resistía unirse a la senda anti inmigratoria adoptada por los gobiernos más conservadores en los  países vecinos – un simpatizante de la extrema derecha decidió relegar a los extranjeros, y atentar contra sus propios semejantes.

Lo cierto es que el ataque terrorista en Oslo – y la isla cercana de Utoya – albergan un nivel de odio repugnante. El autor concentró su ataque en dos frentes que asombran por su simbolismo. El atentado al edificio gubernamental – en pleno centro – debía dejar la mayor cantidad de bajas posibles, tanto entre los transeúntes como personeros de gobierno. El asesinato de niños y jóvenes pioneros del partido gobernante (de tendencia socialdemócrata), implicaba negar a la sociedad noruega de futuros líderes progresistas, más abiertos a la inmigración y tolerantes con otras formas de vida.

La continua tensión  – que crea la interacción más intensa entre culturas dispares, pero que comparten el mismo espacio geográfico – nos muestra los grandes dilemas que enfrentan quienes deben implementar una política de integración y contención a la vez. La región escandinava es particularmente reveladora de estos dilemas, porque es un área del mundo caracterizada por una fuerte hegemonía racial, religiosa y social.

En esta parte del mundo, la identidad étnica y cultural se une a un alto desarrollo social, proceso promovido por la existencia de un estado de bienestar masivamente financiado por toda la sociedad. Es decir, la integración de grupos étnicos y religiosos – provenientes de sociedades ajenas (en los hechos) a principios de solidaridad básicos – se vuelve un tema social, político y económico a la vez.

Países como Dinamarca han buscado enfrentar una polarización de la sociedad danesa cediendo – en gran medida  – a las demandas de los sectores sociales críticos de la inmigración y sus costos. Curiosamente, las fuertes restricciones a la inmigración y el acceso de los extranjeros a los beneficios sociales – que ofrece el estado de bienestar danés a sus ciudadanos– se ha traducido en una descompresión  del candente tema de la inmigración. Los ataques a extranjeros en Dinamarca se desarrollan más en el ámbito de las opiniones, provocación verbal que – circunstancialmente – se materializa en agresiones físicas.

Suecia – que ha seguido una línea menos restrictiva que Dinamarca – ha vivido episodios de violencia racial que – en mayor grado – se ha manifestado en ataques incendiarios o atentados con armas de fuego contra extranjeros que se encuentran en la vía pública. Aunque ha habido bajas, las repercusiones políticas y sociales han sido limitadas.

A pesar de la gran presión – que genera esta problemática en  prácticamente  toda Europa – los noruegos se han mostrado más reticentes a aceptar el avance de la intolerancia hacia la inmigración. Es más, Noruega es el único país escandinavo en el que las autoridades no han tenido problemas en discutir la necesidad de utilizar las medidas más liberales (y polémicas), que fomenten la integración de los grupos inmigrantes en el mercado laboral noruego.

El imperativo de recurrir a políticas de discriminación positiva (de trato preferencial a los extranjeros), para asegurar la igualdad de oportunidades en el mercado laboral, ha sido el reconocimiento más claro de la existencia de un problema grave, que debe ser abordado excepcionalmente (este tema es tabú en la sociedad danesa).

Por lo visto, esta misma capacidad de los noruegos – de enfrentar, más que evitar los desafíos que conlleva una realidad compleja como la inmigración – ha nutrido el odio más profundo que se anida entre quienes repudian la diversidad y temen a la libertad.

Pol. Internacional

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