Conflicto Marítimo entre Chile y Perú: ¿Y si perdemos en la Haya?

“El gobierno de Chile califica la iniciativa peruana de gesto inamistoso, fundado en la negación de una frontera marítima precisada - de común acuerdo – hace más de 50 años” (por Carlos Salas Lind).

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El año 1971, después de una década cargada de tensión fronteriza, los gobiernos de Argentina y Chile acordaron someter el litigio, por el Canal del Beagle, al arbitraje de la Corona Británica.

Siete años más tarde, la prensa transandina anunciaba, en sus titulares, que el gobierno Argentino había decidido desconocer, formalmente, el veredicto anunciado por la Monarquía Británica.

La anulación unilateral del fallo se justificaba en que esta decisión ‘se confabulaba con las pretensiones chilenas’, despreciando condiciones fundamentales para la integridad territorial de Argentina.

A partir de ese momento, el peligro inminente de una confrontación armada, entre ambos estados, alcanzó su punto más alto.

En esos tiempos, el peor escenario de amenaza para la existencia de Chile (un frente conformado por la triple alianza; Argentina-Perú-Bolivia), se configuraba en la mente de una población que se aferraba a los relatos heroicos de nuestra historia.

La notable ‘predisposición’ latinoamericana, de recurrir a la vía jurídica para la resolución de los conflictos fronterizos, había sufrido una mutilación de insospechadas consecuencias para las relaciones de seguridad en la región.

No obstante, la guerra no llegó, y ambos países lograrían zafarse de una relación abrumada por el resentimiento y la rivalidad.

20 años después, el clima regional se vuelve a ‘enrarecer’ con la interposición de Perú, ante el Tribunal de la Haya, de una demanda por su diferendo marítimo con Chile.

El gobierno de Chile califica la iniciativa peruana de gesto inamistoso, fundado en la negación de una frontera marítima precisada – de común acuerdo – hace más de 50 años.

Perú afirma que, en los años 50, sólo se establecieron acuerdos pesqueros, y considera lógico usar como referencia el punto de la “Concordia”, a orillas del mar, para trazar las 200 millas de dominio marítimo que reclama.
Lo concreto es que las contradictorias interpretaciones chileno-peruanas crean un litigio sobre un área (y en la que Chile ha ejercido soberanía), de aprox. 35.000 kilómetros cuadrados en el Pacífico.

Es decir, lo que unos califican como la búsqueda de una solución “justa”, para otros no es más que el desconocimiento explícito de lo estipulado en los tratados firmados por ambos países en los años 1952 y 1954.

Mientras la población de ambos países es alertada por el inicio de un nuevo capítulo de divergencias territoriales, analistas y comunicadores sociales de ambos países, parecen emular la posición de políticos que intentan canalizar el fervor de quienes buscan reafirmaciones y liderazgos.

Después de 20 años, ya no hay dictaduras que recurran a la lógica del enemigo para encontrar el apoyo que se volvía escaso en el resto del mundo. Sin embargo, la democracia tampoco garantiza mayor responsabilidad con sociedades aún vulnerables a la figuración de escenarios que amenacen una percepción de seguridad mínima.

Con la entrega de la memoria que sustenta la reclamación peruana, de una delimitación marítima con Chile, algunos plantean la necesidad de impugnar la competencia del Tribunal de la Haya. En cambio, el gobierno de Chile se inclina por apostar a la fuerza de los argumentos, anunciando una estrategia de defensa jurídica al más alto nivel.

“No aceptaremos una nueva Laguna del Desierto”, afirmó Iván Moreira, miembro de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de diputados, y reconocido representante del sector duro de la Derecha chilena.

Ciertamente, la ratificación del Congreso chileno del veredicto adverso – que implicó la pérdida de la Laguna del Desierto – fue un proceso premioso y amargo para grandes sectores del país.

¿Pero sería viable para una estrategia de desarrollo firmemente unida a la plena (re)inserción en la comunidad de naciones, si nos negáramos a aceptar un eventual veredicto adverso?

Ser un país muy respetado en el mundo,  incluso con participación activa como garante de acuerdos limítrofes en la región, crea también grandes expectativas, respecto a nuestra postura,  en caso de sufrir un fallo adverso en un Tribunal Internacional.

Y si parte de la clase política percibe el momento propicio para proyectar un sentimiento patriótico que potencie su posicionamiento, es necesario recordarle a la población de ambos países, que la geografía y las obligaciones con nuestro entorno, seguirán manteniéndonos unidos.

Por esta simple razón, ganar o perder en la Haya, no puede ser una condición determinante en el curso de lazos indisolubles y vitales para la co-existencia pacífica entre ambos estados.

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Recomiendo mi artículo (Enlace Directo)  “MAR PARA BOLIVIA: AHORA O NUNCA”

Pol. Internacional

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