Mar para Bolivia: Ahora o nunca

“Bolivia ha sostenido insistentemente- que la firma del tratado de 1904 – no fue la expresión de una decisión libre y soberana, aprovechando su activa participación en foros y organismos internacionales para impugnar su legitimidad y denunciar a Chile”, por Carlos Salas Lind (enlace a publicación en La Tercera.cl)

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A pesar de zanjar formalmente las divergencias de carácter territorial – que Chile y Bolivia mantuvieron durante su primer siglo de vida independiente – la firma del Tratado de Paz y Amistad de 1904 nunca puso término a la aspiración boliviana de recuperar lo que el país altiplánico percibe como el derecho a restablecer su condición marítima.

A partir de esa fecha, Bolivia ha sostenido – que la firma del tratado de 1904 – no fue la expresión de una decisión libre y soberana, aprovechando su activa participación en foros y organismos internacionales para impugnar su legitimidad y denunciar a Chile.

Con esta estrategia, Bolivia ha buscado aglutinar el apoyo de la comunidad internacional para presionar a Chile a la entrega de un acceso soberano al Océano Pacífico.

Por su parte, Chile continúa sosteniendo que la firma del tratado de 1904, resolvió todos los desacuerdos en materia limítrofe que pudo haber existido – entre ambos estados – con anterioridad a la Guerra del Pacífico.

Para la población boliviana, la pérdida del litoral en la guerra con Chile, no sólo se ha transformado en un trauma nacional, sino también la causa primordial del precario desarrollo económico y social que el país continúa experimentando.

Éstas son las dinámicas que históricamente han dominado las relaciones históricas entre ambos estados, generándose breves intervalos de acercamiento entre periodos más persistentes de gran tensión y desconfianza mutua.

La débil posición boliviana – en el ámbito militar, social y económico no ha sido un impedimento a la hora de ejercer presión sobre Chile. Por el contrario, la insoluble controversia bilateral ha tenido un impacto mayor en las relaciones de seguridad en la región, principalmente porque Bolivia ha sido capaz de establecer fuertes vínculos de amistad con  los otros dos estados que comparten frontera con Chile: Argentina y Perú.

Durante gran parte del siglo pasado, Bolivia tuvo éxito en crear alianzas sub-regionales que contrapesaran la superioridad chilena. Aprovechando la existencia de litigios entre Chile y la totalidad de sus vecinos, Bolivia contribuyó a generar los peores escenarios bélicos para la integridad del territorio chileno.

Pero el proceso de distensión – que ha experimentado la sub-región a partir de la transformación progresiva de los patrones de rivalidad entre Chile, Argentina y Perú durante gran parte del siglo XX – ha limitado la capacidad de la diplomacia boliviana de recurrir al factor geopolítico como factor de amenaza.

Es en este contexto regional que Evo Morales acepta impulsar un proceso de acercamiento responsable –  pero inseparable del tema marítimo –  con el gobierno encabezado por Michelle Bachelet el año 2006.

“El diálogo sin exclusiones” se convertía en un paréntesis pragmático y efectivo para un clima de animosidad que progresivamente se había subordinado a la intensificación de los lazos comerciales entre ambos países, a la urgencia de cooperación en un mundo más competitivo y mercantil. La inclusión (o no exclusión) del tema marítimo – condición tradicionalmente resistida por los gobiernos chilenos – permitía a Morales calmar las exigencias de los sectores reivindicacionistas más radicales y numerosos de su espectro electoral. Al gobierno chileno, le facilitaba la tarea de remover de la agenda internacional un tema engorroso, generador de numerosos desencuentros diplomáticos con importantes aliados en la economía global.

Sin embargo, con la llegada de Piñera al gobierno de Chile, el último proceso de acercamiento perdió fuerza, coincidiendo este periodo, además, con un desgaste de la popularidad del Evo Morales en Bolivia. Bajos esas circunstancias, se tornaba muy complejo seguir manteniendo un diálogo que solo servía para mantener el status quo. Es decir, una realidad que históricamente nunca ha sido asumida por la población boliviana.

A 5 años de iniciado el renovado proceso de acercamiento chileno-boliviano, el anuncio de Evo Morales – de explorar la posibilidad de recurrir a una corte internacional-  debe entenderse como el agotamiento de este intento de búsqueda al problema de mediterraneidad boliviana. Ya el año 2008 – con la interposición de Perú ante el Tribunal de la Haya de una demanda por su diferendo marítimo con Chile – era posible advertir la viabilidad de cursos jurídicos que incomodaban a la diplomacia chilena.

Después de más de un siglo de rivalidad, reclamos y fórmulas de solución – que irónicamente alcanzaron su punto más alto en plenas dictaduras con la propuesta de Charaña el año 1975 – parecen evidenciar la imposibilidad de romper percepciones tan opuestas y transmitidas incólumemente de generación en generación en ambos países.

La eventual presentación de una demanda boliviana – ante una corte internacional – debe entenderse entonces como una vía de presión jurídica de último recurso. Así como en el pasado Bolivia aprovechaba la mayor vulnerabilidad de Chile – en el contexto internacional y regional – para lograr una fórmula de solución a sus demandas marítimas, hoy ni la amenaza militar ni la condena internacional se presentan como caminos viables o alcanzables.

A diferencia del pasado, Bolivia apuesta – más bien – a la fortaleza económica,  institucional y la declarada conformidad de Chile con el orden jurídico internacional. Es justamente esta última condición la que compele al estado chileno al sometimiento de las instancias que garanticen la coexistencia pacífica y armónica de los estados plenamente integrados a la comunidad internacional.

Con el anunciado quiebre del proceso de “diálogo sin exclusiones”, todo indica que el arcaico conflicto chileno-boliviano seguirá neutralizando el proceso integrador que la globalización de la economía ejerce – con especial intensidad – sobre  estados fundidos por la cercanía geográfica.

Aunque las relaciones chileno-bolivianas siempre han estado marcadas por graves divergencias de carácter territorial, es difícil entender el nivel de animosidad que predomina en las relaciones entre países que nunca han podido excluirse mutuamente de sus respectivos procesos de desarrollo económico, político, social y cultural.

Ésa es la absurda realidad en la subregión, una condición que a menudo nos recuerda cuán alejados seguimos estando de las historias de profunda enemistad, destrucción recíproca, reconciliación e integración que otros estados comenzaron a escribir hace más de medio siglo.

Pol. Internacional

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