Archivos para Enero, 2007
El calvario demócrata cristiano (la segunda.cl)
“Al cumplirse 25 años del aniversario de la muerte de su gran líder y mentor, don Eduardo Frei Montalva, la Democracia Cristiana no podría estar en peor pie para renovar su status de punto de convergencia, de tanta gente que encontraba en sus filas, el mejor refugio para sortear los vaivenes de la política chilena”, (por Carlos Salas Lind).
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A partir de la creciente polarización que experimentó el sistema político chileno en la década de los años 60’ y 70’, la DC no sólo se nutría de forma natural y progresiva, sino también se alzaba como una organización extremadamente eficiente, a la hora de penetrar los segmentos sociales más proclives a sus adversarios.
Fue de esta manera que el partido demócrata cristiano se convirtió, en muy poco tiempo, en una forma de vivir y proteger la democracia, logrando una adhesión popular envidiable para cualquier coalición por amplia y cohesionada que fuese en esos tiempos.
En este plano, ni siquiera el receso de toda actividad política, que siguió con la imposición de un régimen de fuerza, pudo ser un obstáculo para que grandes segmentos de la población, siguieran considerando a la DC como el punto de partida de cualquier intento por cambiar el rumbo del país.
Por el contrario, todo indica que los largos años bajo un régimen militar, finalmente terminaron por confirmar que la moderación de la política chilena, era el único camino viable para hacer frente a la decisión de los extremos, de unirse a la lucha del exterminio mutuo.
Hoy, 25 años después de la muerte de don Eduardo Frei Montalva, y 17 años desde el retorno a la democracia, la Democracia Cristiana ha perdido un porcentaje de apoyo ciudadano muy importante, como para mantener los “privilegios y derechos” que su potencial electoral solía brindarle.
El centro político, opción natural de una gran masa electoral proclive a la DC, se ha reducido tanto que sólo la tradición y/o la nostalgia parecen contener, por el momento, un daño de mayores proporciones.
Es así que mientras el 40-45% de los chilenos se declaraba de centro a mediados de los años ochenta (cifra que quedó plenamente confirmada con la contundente reaparición electoral de la DC apenas terminado el régimen militar) esa misma adhesión hoy apenas sobrepasa el 10% del electorado(1).
Es irónico constatar que con el proceso de moderación tan necesario de la política chilena, sea justamente el partido que más apelaba a sus virtudes, el que con mayor fuerza se debilite con su avance.
El progresivo desgaste del partido ocurriría en parte, porque la sociedad chilena en su conjunto, y en especial el electorado moderado proclive a la DC, avanzan justamente por un camino distinto de la visión (tan) conservadora a la que adhiere gran parte de la Democracia Cristiana, en temas de impacto social (2)
Mis entrevistas para la televisión danesa
Al momento de conocerse la noticia sobre el fallecimiento de Pinochet, los dos canales más importantes de Dinamarca me invitaron a realizar un análisis del impacto que este acontecimiento tendría para la política y el proceso de reconciliación en Chile. Una de las cuatro entrevistas, en directo, está disponible al pinchar el link (el logotipo DR), que sigue a continuación:
*(Lamentablemente el canal de televisión DR1 retira la señal después de un mes. Estoy intentando convertir una grabación VHS a digital para restablecer la imagen)
-Canal Nacional Danés DR1, edición central de noticias![]()
Extracto de las preguntas y respuestas más importantes de las cuatro entrevistas
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La Guerra Santa y la Izquierda (*)


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En los últimos años, y especialmente desde que Estados Unidos invadió Irak, en marzo de 2003, se han visto en todo el mundo señales de una convergencia creciente entre las fuerzas de la militancia islamista y la izquierda antiimperialista.
Aparte de una simpatía muy extendida —aunque normalmente no expresada— hacia los atentados del 11—S, justificada porque “los americanos se lo merecían”, desde 2003 hemos visto una coincidencia explícita de políticas y un sólido apoyo a la “resistencia” iraquí —en la que hay fuertes elementos islamistas— y, más recientemente y de forma todavía más explícita, al Hezbolá libanés.
Hace poco, unos manifestantes radicales vascos marcharon precedidos por un militante que ondeaba una bandera de Hezbolá. Además, como la mayoría de los que se opusieron a la invasión de Irak en 2003 también se habían opuesto a la invasión de Afganistán en 2001, existe asimismo, reconocida o no, una actitud de apoyo a los grupos armados antioccidentales, es decir, talibanes, que están actuando en dicho país.
Al mismo tiempo, algunos políticos de extrema izquierda en Europa han tratado de hacer causa común con representantes de los partidos islamistas en temas relacionados con el antiimperialismo y la exclusión social en Occidente.
Un ejemplo es la acogida dada por la izquierda británica —incluido el alcalde de Londres— al líder de los Hermanos Musulmanes, el jeque Yusuf al Qaradaui. Y más importantes aún que el apoyo a los grupos guerrilleros islamistas, por supuesto, son las alianzas entre Estados: Irán cuenta cada vez más con el apoyo de Venezuela. Chávez ha ido a Teherán un mínimo de cinco veces. Nos encontramos, quizá de manera incipiente, ante un nuevo frente unido internacional.
Lo cierto es que este asunto de la relación entre la izquierda radical y el islam político tiene una larga historia que debería hacer reflexionar a quienes tratan hoy de formar una alianza, aunque sea “táctica”, con los movimientos y Estados islamistas. Ya lo intentaron los primeros bolcheviques: ante el bloqueo de la revolución proletaria en Europa después de 1917, volvieron la mirada hacia las fuerzas antiimperialistas y, a veces, islámicas que actuaban en aquella época en Asia.
El primer país del mundo que reconoció la Revolución Bolchevique fue el reino de Afganistán, en pleno conflicto con los británicos. Desde aquel momento, Lenin recomendó que la Rusia soviética prestara siempre “especial atención” a las necesidades del pueblo afgano, un consejo que iba a tener consecuencias irónicas pero históricas en 1979.
Incluso en los años posteriores a 1945, los estrategas soviéticos intentaron hallar un contenido “democrático nacional” en el islam e interpretar su énfasis en la igualdad, la caridad, el reparto de la propiedad y, no menos importante, la lucha —es decir, la yihad—, como formas primitivas de comunismo. Aunque en Moscú algunos orientalistas describían al profeta Mahoma como un agente del capitalismo comercial, otros autores marxistas, sobre todo el especialista francés Maxime Rodinson, trazaron una imagen más positiva, si bien este último reconoció posteriormente que su admiración por Mahoma derivaba, en parte, de las similitudes que veía entre él y Stalin.
Sin embargo, esta simpatía y esta búsqueda de alianzas tácticas quedaron eclipsadas durante mucho tiempo por otra tendencia, la del enfrentamiento y la lucha entre el comunismo y el socialismo, por un lado, y el islamismo organizado por otro. En los años veinte y treinta, los bolcheviques se encontraron con una inmensa oposición religiosa y tribal en Asia Central y trataron de destruir las bases sociales de la religión organizada, fundamentalmente mediante la emancipación de las mujeres, a las que, en aquel contexto social, veían como un sucedáneo de proletariado.
Como presagio de la guerra fría, la insurrección nacional en España, que acababa de vivir sus guerras coloniales en Marruecos, reclutó a decenas de miles de soldados árabes para la Guerra Civil, con el argumento de que el catolicismo y el islam recibían el mismo trato por parte de las fuerzas impías de la República.
A partir de los años cincuenta y sesenta, la situación empezó claramente a cambiar. En el mundo árabe, frente al ascenso del nacionalismo laico —sobre todo el “nacionalismo árabe” de Egipto—, Occidente y varios Estados conservadores como Arabia Saudí recurrieron a la religión, denunciaron el comunismo como un invento de los judíos y criticaron el socialismo por promover el ateísmo y la lucha de clases.
En 1965, Arabia Saudí creó su propia organización internacional en contra de los socialistas, la Liga Islámica Mundial, a través de la cual financiaba y guiaba a grupos de todo el mundo; la Liga sigue en activo, sobre todo entre los inmigrantes musulmanes en Europa occidental, y mantiene —cosa tal vez sintomática— un gran edificio en el centro de Bruselas.
En Egipto, el enfrentamiento entre los Hermanos Musulmanes y el régimen nasserista fue en aumento, y su líder, Sayyid Qutb —posteriormente, la inspiración intelectual de Osama Bin Laden—, murió ejecutado en 1966.
Varios países de Oriente Próximo utilizaron la oposición creciente entre la izquierda laica y las fuerzas islamistas en el contexto de la guerra fría. Por ejemplo, en Turquía, el ejército promovió a grupos islamistas contra la extrema izquierda en los años setenta. En Siria, los opositores al régimen baazista fomentaron un levantamiento de los Hermanos Musulmanes en 1982.
Incluso en Israel, en los años setenta, las autoridades de ocupación, decididas a debilitar las instituciones laicas de Al Fatah, permitieron que varios grupos islamistas, que más tarde se convirtieron en Hamás, abrieran centros educativos y universidades y recibieran fondos de la Liga Islámica Mundial.
Esta movilización del islam contra la izquierda resultó evidente, sobre todo, en tres países. En Sudán, la llegada al poder en 1989 del Frente Islámico Nacional ,una rama alejada de los Hermanos Musulmanes, representó el recurso generalizado a la cárcel, la tortura y la ejecución contra los opositores laicos y de izquierdas. El FIN seguía el modelo de partido leninista y pretendía, además de aplastar a los comunistas en Sudán, llevar a cabo la política revolucionaria de exportar su modelo a Egipto, Túnez, Argelia y Eritrea, entre otros lugares.
En esta tarea contó con la ayuda, entre 1990 y 1996, de un distinguido huésped internacionalista, Osama Bin Laden. Aún mayor fue la represión en Indonesia en 1965, cuando el ejército se volvió en contra del Partido Comunista, en aquel entonces el más numeroso fuera de los países comunistas.
Los grupos islamistas unieron sus fuerzas a las del ejército y otros grupos interesados en arreglar cuentas locales y, en una serie de matanzas cometidas en Java y otras islas, asesinaron a un millón de personas.
La alianza más espectacular y con más consecuencias entre Occidente y el islamismo fue, claro está, la que se produjo en Afganistán. En la mayor operación secreta llevada a cabo por la CIA, Estados Unidos, con ayuda de Arabia Saudí y Pakistán, trabajó a lo largo de los años ochenta para movilizar a las fuerzas islamistas en contra del Gobierno del Partido Democrático Popular y las fuerzas soviéticas que acudieron en su auxilio en diciembre de 1979.
Fue en Afganistán donde Bin Laden organizó su ejército de combatientes yihadistas procedentes de todo el mundo y donde elaboró la ideología de lucha internacional que cristalizó el 11 de septiembre de 2001. No parece que a los que respaldaban a los islamistas afganos en los años ochenta les preocuparan las consecuencias posteriores de sus actos. Y, sin embargo, la guerra afgana fue al mundo del siglo XXI lo que la Guerra Civil española a la II Guerra Mundial, la cocina del diablo en la que se prepararon por primera vez todos los caldos que después envenenaron al mundo.
A esta historia de la yihad contra la izquierda, a lo largo de muchos decenios, hay que añadir otra cosa más, las enormes diferencias que deberían separar cualquier programa imaginable de la izquierda radical de los de los partidos islamistas. Los derechos de la mujer, el secularismo, la libertad de expresión, son temas en los que estas dos corrientes políticas se oponen radicalmente.
Como deberían oponerse en relación con otro aspecto, que es la falta absoluta, en el programa islamista, de cualquier internacionalismo de inclusión; por el contrario, al mismo tiempo que hacen sus llamamientos a la umma, la comunidad de los musulmanes, los islamistas —tanto Al Qaeda como Hezbolá— desprenden veneno y un chovinismo implacable respecto a los cristianos, los judíos e incluso los musulmanes que no sean de su misma secta.
Seguramente, quienes desde la izquierda se alían hoy con los islamistas lo hacen remitiéndose a cierto concepto de falsa conciencia. Pero está por ver qué conciencia es la más equivocada.
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(*) Artículo escrito por Fred Halliday, profesor de Relaciones Internacionales en la London School of Economics y en el Institut Barcelona d’Estudis Internacionals. Fuente: www.elpais.es.
¿…Y que nos dicen realmente las encuestas CEP y CERC?
“Los resultados de las últimas encuestas, CEP y CERC, han servido para remover un poco la tradicional “sequía de noticias” que comienza con el verano.
En particular son los resultados de la encuesta CEP, los que han sido objeto de diversas interpretaciones y evaluaciones que en algunos casos destacan más por lo emocional que por su necesaria neutralidad” (por Carlos Salas Lind).
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Se afirma por ejemplo, que el mejoramiento en los niveles de popularidad de la presidenta, es un reconocimiento a su novedoso estilo ciudadano, a la fuerte proyección de una imagen de honestidad, a su cercanía y gran sencillez, y/o al “exitoso” blindaje de la Moneda.
Entre tanta cualidad positiva, más de alguien no quiso repetirse y lanzó una carta mucho menos aduladora (pero no menos emocional), al asegurar que la evaluación positiva a la gestión de Bachelet, era, simplemente, la manera más fácil de huir de lo peor; la oposición.
Naturalmente, estas afirmaciones no necesitan ser totalmente falsas, para poder encontrar una razón más determinante de la mejor (y peor) opinión que la ciudadanía se ha formado del trabajo de Michelle Bachelet entre junio – octubre y diciembre en las encuestas CEP y CERC.
Lo anterior no es necesario, porque poca gente podría sostener que Michelle Bachelet no es una persona agradable que proyecta cercanía y naturalidad (baste recordar su reacción cuando se equivocó y nombró a Venezuela en vez de Nueva Zelanda durante su visita al segundo país).
Sin embargo, estas cualidades ya habían sido destacadas por la gente como el lado fuerte de Bachelet, en todo el periodo previo al proceso electoral de Diciembre del 2005.
De todos modos, estas virtudes resultaron ser insuficientes para suavizar el abrupto término del gran recibimiento que Michelle Bachelet obtuvo de los chilenos a comienzos de su mandato.
Patología del Poder
Es injusto calificar de corrupto a todo el que dispone de una parcela de poder, pero no hay duda de que el poder trastorna, en cualquier escala: síndicos, jefes, gerentes, directores, dirigentes sindicales, diputados u obispos.
San Pablo diría que atiza la concupiscencia. Hace que la persona se aficione a los placeres y facilidades ofrecidas a quienes ocupan una posición prominente. Leer el resto de la pagina »
Para muchos, el poder es la suprema ambición. Es la manera perversa de compararse a Dios. Vean a los políticos que gastan sumas millonarias en campañas electorales y, aún derrotados, vuelven a escena, como si la sed de poder fuera proporcional a la fortuna que dilapidan.
Hay hombres que, fuera del poder, se sienten terriblemente humillados, expulsados del Olimpo de los dioses. Se deprimen y, pasada la resaca, vuelven
Corrupción en la política: culpa de los electores?

“La corrupción está más bien ligada a la relación con el poder que una clase de personas desarrolla, una relación por cierto delictual, de dependencia enfermiza, pero facilitada también por la actitud pasiva de muchos que tenemos la posibilidad y el deber de detenerla, los electores”. (Por Carlos Salas Lind)
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A pesar de sufrir directamente las consecuencias de los actos de corrupción, muchos electores no pueden abstraerse de asumir la responsabilidad que les cabe en este proceso.
El elector cínico, aquel elector que cierra los ojos y simplemente elige lo que aparentemente le conviene, no debe exculparse de los incentivos a la corrupción que su indiferencia, exagerado cálculo personal y falta de crítica, crean para el ejercicio de una profesión que debería responder a exigencias mucho mayores.
Hoy con el término de las grandes batallas ideológicas, y donde las alternativas claras de elección creaban más idealismo en la forma de relacionarse con la política, este comportamiento electoral tan destructivo para la propia democracia y la fe de los honestos, está alcanzando niveles que llegan a lo absurdo.
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